Algo va a pasar


29 Aug
29Aug

Jamás he sido una persona dedicada a muchas actividades. Me asombran aquéllos que estudian dos carreras a la vez, practican uno o más deportes, tienen una o dos esposas, hijos, conferencias y, aun así, tienen tiempo para ver la tele tres horas al día.


Sin más preámbulo, les dejo este cuento de Heinrich Böll,. Disfrútenlo.




Algo va a pasar

(Una historia de acción intensa)


Uno de los episodios más curiosos de mi vida fue el que me sucedió estando empleado en la fábrica de Alfred Wunsiedel. Tiendo más, por naturaleza, al ocio y a la meditación que al trabajo, pero de vez en cuando los problemas económicos me obligan —pues la meditación proporciona tan pocos ingresos, como el ocio— a aceptar lo que se llama un empleo. Encontrándome de nuevo en uno de esos baches, me confié a una agencia de trabajo y fui enviado con otros siete compañeros de infortunio a la fábrica Wunsiedel, donde seríamos sometidos a una prueba de capacidad.


El aspecto de la fábrica ya me hizo desconfiar: Toda la fábrica estaba construida con bloques de cristal, y mi aversión por los edificios claros y los espacios claros es tan grande como mi aversión al trabajo. Sentí aun mayor desconfianza cuando, al llegar, nos sirvieron un desayuno en una clara cantina pintada de alegres colores. Unas camareras muy guapas nos trajeron huevos, café y tostadas, y había unas preciosas jarras llenas de jugo de naranja. Peces dorados  apretaban sus caras indiferentes contra las paredes de los acuarios verde claro. Las camareras estaban tan alegres, que parecían estar a punto de estallar de alegría. Sólo un gran esfuerzo de voluntad —así me lo parecía— impedía que estuvieran canturreando todo el tiempo. Estaban tan llenas de canciones no entonadas como gallinas de huevos no puestos.


Advertí en seguida lo que mis compañeros de infortunio no parecieron sospechar: que también aquel desayuno formaba parte de la prueba; y por eso mastiqué concienzudamente, con la plena responsabilidad de una persona que sabe que está proporcionando a su organismo substancias valiosas. Hice una cosa que ninguna fuerza en este mundo me habría podido obligar a hacer en otras circunstancias: bebí, con el estómago vacío, jugo de naranja; dejé el café, un huevo y la mayor parte de las tostadas, me recorrí la cantina de arriba a abajo dinámicamente.


Fui el primero al que llevaron a la habitación donde tendría lugar el examen. Sobre unas preciosas mesas estaban preparados los pliegos con las preguntas. Las paredes tenían un tono verde que habría arrebatado de los labios a los fanáticos de la decoración la palabra “delicioso”. No se veía a nadie, pero estaba tan seguro de ser observado, que me comporté como lo hace un hombre de acción cuando cree que no le observa nadie: saqué impacientemente la pluma del bolsillo, la abrí, me senté en la mesa más próxima y atraje hacia a mí el cuestionario como lo hacen las personas coléricas en los mesones.


Primera pregunta: ¿Le parece bien que las personas sólo tengan dos brazos, dos piernas, dos ojos y dos oídos?

Por primera vez recogí los frutos de mis meditaciones, y escribí sin titubear: “Ni siquiera cuatro brazos, piernas y oídos bastarían a mi actividad. La dotación del hombre, en este aspecto, es mezquina”.


Segunda pregunta: ¿Cuántos teléfonos puede usted usar al mismo tiempo?

También la respuesta era aquí tan fácil como resolver una ecuación de primer grado: “Cuando sólo tengo siete teléfonos”, escribí, “me impaciento; únicamente con nueve me siento por completo satisfecho”.


Tercera pregunta: ¿Qué hace usted en sus días de asueto?

Mi respuesta: “No conozco la palabra asueto. Después de cumplir los quince años la borré de mi vocabulario, pues, desde el principio, fue la acción”.


Obtuve el puesto. Realmente, ni siquiera los nueve teléfonos me eran suficientes. Gritaba por el micrófono: “Actúe usted inmediatamente” o, “Haga usted algo” — Tiene que pasar algo — Va a pasar algo — Ha pasado algo — Debería pasar algo. Pero lo que más empleaba era la forma imperativa, pues parecía que le iba mejor al ambiente.


[ …] La fábrica de Wunsiedel era un hervidero de gente que se moría de ganas por contar su vida y milagros, como ocurre con los grandes hombres de acción. Lo que han hecho es más importante para ellos que la propia vida; sólo hace falta apretar un botón y ya empiezan a alabar sus propias acciones.


El apoderado de Wunsiedel era un hombre llamado Broschek, quien había conseguido personalmente cierta fama, porque siendo estudiante, había mantenido a siete niños y una mujer paralítica, trabajando de noche, llevando cuatro representaciones al mismo tiempo, con mucho provecho por cierto, y además, había hecho dos oposiciones en dos años con gran brillantez. Cuando unos periodistas le preguntaron: “¿Y cuándo duerme usted Broschek?”, él contestó: “Dormir es pecado”.


            La secretaria de Wunsiedel había sacado adelante, haciendo punto, a un hombre tullido y a cuatro niños, al tiempo que se doctoraba en psicología y en geografía, criaba perros de pastor y se hacía famosa como cantante de cabaret con el nombre "Vamp 7".


El propio Wunsiedel era una de esas personas que cuando se despiertan están dispuestas a hacer cosas: “Tengo que actuar”, piensan mientras se anudan enérgicamente el cinturón del albornoz. “Tengo que actuar”, piensan mientras se afeitan y miran triunfalmente los pelos de la barba que quitan juntamente con la espuma de jabón de su maquinilla de afeitar: esos restos pilosos son las primeras víctimas de su afán de acción. Aun los actos más íntimos producen satisfacción a esa gente: el agua corre, se usa papel. Ha pasado algo. Se come pan, se rompe la cáscara del huevo.


[…] Cuando entraba en su despacho, saludaba a su secretaria exclamando: “Tiene que pasar algo.” Y ella contestaba con buen humor: “Algo va a pasar.” Después, Wunsiedel iba de sección en sección lanzando su alegre: “Tiene que pasar algo”. Todos contestaban: “Algo va a pasar”. Y yo también exclamaba gozosamente cuando entraba en mi oficina: “Algo va a pasar”.


Durante la primera semana, elevé el número de teléfonos empleados a once; durante la segunda, a trece, y me entretenía mucho cuando iba por la mañana en el tranvía inventando nuevas formas de imperativo o en conjugar el verbo “pasar” en todos los tiempos, en todos los géneros, en el subjuntivo y en el indicativo; me pasé dos días repitiendo la misma frase, porque la encontré preciosa: “Tendría que haber pasado algo”, y otros dos días esta otra: “Esto no debería haber pasado”.


Me empezaba a encontrar realmente satisfecho, cuando pasó una cosa de verdad. Un martes por la mañana —aún no había acabado de sentarme —Wunsiedel entró violentamente en mi despacho y me lanzó su “Tiene que pasar algo”. Pero algo indefinible que vi en su cara me hizo dudar que fuera oportuno contestar con alegría y vivacidad, como estaba prescrito: “Algo va a pasar”. Dudé demasiado tiempo, pues Wunsiedel, que no solía gritar, rugió: “¡Conteste usted! ¡Conteste usted como está prescrito!”. Y contesté, bajo y de mala gana, como un niño al que se obliga a decir: "soy un niño malo". Haciendo un gran esfuerzo, conseguí pronunciar la frase: “Algo va a pasar “, y apenas la había dicho, realmente algo ocurrió: Wunsiedel cayó al suelo, rodó sobre sí mismo y quedó extendido ante la puerta. Me di cuenta, en seguida, de lo que había ocurrido ante mis ojos mientras me dirigía rodeando la mesa hacia el hombre allí tendido: estaba muerto.


            Moviendo la cabeza, pasé sobre Wunsiedel, me dirigí al despacho de Broschek, andando lentamente por el pasillo, y entré sin llamar. Broschek estaba sentado ante su mesa, tenía un teléfono en cada mano, un bolígrafo en la boca con el que tomaba notas en un block, mientras que con los pies descalzos operaba una máquina de hacer punto colocada debajo de la mesa, pues de esta forma conseguía completar el vestuario de su familia.


—Ha pasado algo— dije en voz baja.

Broschek escupió el bolígrafo, dejó los dos teléfonos y quitó los pies de la máquina de hacer punto.

—¿Qué es lo que ha pasado? —preguntó.

—El señor Wunsiedel ha muerto —respondí yo.

—No —dijo Broschek.

—Sí —dije yo—, venga usted conmigo.

—¡No! —insistió Broschek, pero se escurrió en las zapatillas y me siguió por el pasillo.

—¡No! —dijo nuevamente, cuando nos encontramos ante el cadáver de Wunsiedel.


“¡No, no!” No quise contradecirle. Cuidadosamente volví a Wunsiedel de espaldas, le cerré los ojos y me quedé mirándolo pensativamente.


Casi sentí ternura por él, y por primera vez me di cuenta de que nunca lo había odiado. En su cara había algo que tienen los niños cuando se niegan tercamente a dejar de creer en papá Noel, aunque los argumentos de sus compañeros suenen tan convincentes.


—¡No! —repetía Broschek—, no.

—Algo tiene que pasar -dije en voz baja, a Broschek,

—Sí -dijo Broschek—, tiene que pasar algo.


            Algo pasó: Wunsiedel fue enterrado y yo fui designado para ir, llevando una corona de rosas artificiales, detrás de su féretro, pues estoy dotado, no sólo de una tendencia al ocio y a la meditación, sino también, de un tipo y una cara que van muy bien con los trajes negros. Debí hacer —andando tras el féretro de Wunsiedel con la corona de rosas artificiales en la mano— un efecto estupendo. Una elegante compañía de pompas fúnebres me propuso que formara parte de ella. “Usted es un funerario nato”, me dijo el director de la compañía. “El vestuario corre de nuestra cuenta. Su cara es definitivamente magnífica”.


Me despedí de Broschek, con la excusa de que allí no me encontraba del todo satisfecho, que parte de mis posibilidades, a pesar de los trece teléfonos, se desaprovechaban. En cuanto presté mi primer servicio como funerario lo supe: “Esto es lo tuyo, éste es el puesto que te estaba designado”. Mi trabajo consiste en permanecer de pie, meditativamente, con un sencillo ramo de flores en la mano, tras el sarcófago, en la capilla ardiente, mientras tocan el Largo de Haendel (pieza musical a la que no se presta la debida atención). El café del cementerio es el lugar donde estoy habitualmente. Allí paso el tiempo que me queda libre entre mis intervenciones profesionales, aunque algunas veces voy detrás de entierros con los cuales no tengo ninguna obligación, compro de mi dinero un ramo de flores, y me uno al empleado de la beneficencia que va tras el féretro de algún desterrado. De cuando en cuando visito también la tumba de Wunsiedel, pues en definitiva, a él le debo el haber hallado mi verdadera vocación, una vocación para la cual es conveniente la meditación y una sola obligación: el ocio.


Bastante tiempo después, me di cuenta de que nunca me interesé por el artículo que se producía en la fábrica de Wunsiedel. Debía de tratarse de jabón.



Si tienes tiempo, cuéntame si eres de los que haces muchas cosas, o eres más partidario del ocio.





 

26Dec
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