Cuento desenterrado #1


29 Aug
29Aug

Hace unos pocos años, cuando aún tenía la cafetería, una amiga (mejor dicho, una amiga de mi barista, "Houdini") pasaba por un periodo de mucho desánimo. Nos leyó un poema que había escrito la noche anterior. Me pareció tan deprimente, que decidí escribir algo con un enfoque totalmente opuesto. Se los dejo.



Con M de Mmmm...mmmM

–Un bello ejemplo de superación impersonal–


Doctor, doctor Schimchen es mi nombre en estos días. No quiero entretenerme en los detalles, pero me he convertido en ello gracias a dos cosas: la primera, a que he visto suficientes películas de Woody Allen como para entender los fundamentos teóricos y prácticos del psicoanálisis (principalmente judeoneoyorquino, pero asumo que se puede aplicar sin pérdidas importantes al estudio de otros entes citadinos); la otra, al reencuentro casual, en un lindo café,  con R, una amiga de la infancia con quien pasaba tardes enteras jugando al doctor, por lo que en sus recuerdos me quedé grabado con ese mote. Es precisamente tal evento lo que me arrojó a la increíble aventura que narraré a continuación.


Después de contarle de mi vida amorosa en los años que no nos vimos, y notar que aún teníamos 57 minutos de la hora destinada a nuestra charla de "ponernos al día", pasé al tópico de mi nueva profesión. R me sacó del lugar (cosa que le agradezco profundamente, ya que servían cappuccinos en copa irlandesa con azúcar moscabada) y me llevó a un sitio apartado. Al cerciorarse de que estábamos solos, me dijo que tenía una amiga con un problema muy extraño que la tenía sumida en un desánimo total, y que sólo alguien con mi entendimiento del género humano podría ayudarla.


–¿Neurosis?, ¿Psicosis?

–No.

–¿Hemorroides? ("Ojalá que sea ésta, porque no conozco curas para otros padecimientos").

–No. Violación.

–¡Noooooo! Espero que no haya sido un negro, ni un homosexual reformado, ni un indigente, ni algún miembro de un grupo minoritario, porque de antemano la tendría perdida.

–No es ninguno de ésos, sino algo más amplio, omnipotente y omnisapiente, que permea todo y que es infinito. Y antes de que vayas a burlarte y a culpar a ya sabes quién, mejor te lo digo: se siente violada por la vida.

–¡¿Queeeeeeé?!


Inmediatamente busqué en la Wikipedia, pero no hallé nada al respecto; en Gandhi, El Sótano y el FCE (.com todas ellas), y nada. Iba a sugerirle que la inscribiera en el Seguro Popular e hiciera cita con un ginecólogo, mientras daba tiempo a que el padre recapacitara y se hiciera responsable, cuando se me acercó y me murmuró cuál sería la recompensa si ayudaba a su amiga. Por supuesto, no pude negarme (por fin terminarían largos años de abstinencia). Fue así como me hice de mi primer paciente.



Tres semanas más tarde, un jueves a las 6 PM (el único rato al mes en que salen mis padres y tengo la casa para mí solo), llegaron R y su amiga M. Inmediatamente me di cuenta de que era una persona con problemas, pues comía quesadillas freídas en aceite de soya. Le pedí a R que nos dejara solos y que mientras me hiciera el favor de pasear a los perros de la señora Nieto, y que se quedara con la propina.



Después de dos cervezas Leffe oscuras (y ella, medio vaso de agua), se rompió el hielo y comenzamos a hablar.



– ¿Así que te violaron?

– No, me siento violada.

– ¿Fue vaginal, anal, bucal, ótica, o una combinación de todas ellas?

–No, sólo me siento violada, violada por la vida.

–¿Piensa tener el bebé? ¿En qué religión lo educará? No le aconsejo el ateísmo, es extremo y muy negativo; en cambio, el agnosticismo es más neutro y difícil de explicar a los preguntones.

–¡Noooooo, doctor! Usted no está entendiéndome.



Con base en mi amplio bagaje psicoanalítico, miré al reloj y le dije a M que me encantaría seguir ayudándola, pero que su tiempo había terminado y mis padres no tardaban en llegar, que eran $100.00 USD (qué gran ventaja del psicoanálisis judeoneoyorquino: ¡se cobra en dólares!), pero las citas subsecuentes serían más baratas (y, por tanto, más breves). Después de proferir algunas palabras que no puedo reproducir aquí y de poner $100.00 sobre la mesita de centro, M salió del consultorio.



La esperé el jueves del mes siguiente, pero no llegó. "Seguramente la curé en una sesión; estoy listo para la certificación (y para la recompensa)", supuse. Inmensamente motivado, llamé a R para invitarla al café. No la noté tan animada como esperaba, pero accedió a verme.



El sábado por la tarde, con mis mejores ropas (y con mi boxer nuevo y mis calcetines limpios) me encontré con R. Antes de agradecerme por curar a su amiga, me dio un tríptico de un plan de estudios para auxiliar administrativo (con un descuento del 25%) y dejó de llamarme "doctor". Algo me hizo pensar que había gastado de balde en el boxer y en detergente.




–¿Qué tal la nueva vida sin problemas de M? –pregunté, en voz baja y tono indiferente.

–¡¿Sin problemas?! Ahora está más loca.

–No es posible, si la sesión fue todo un éxito.

–Dice que la persigue un loco llamado Martín, y que debe salvarnos del machismo.

–¿Eso dice la loca?

–Déjame explicártelo.


Sucede que, al salir de mi consultorio (R lo llama "la sala de la casa de tus padres", pero ahí colgaré mis diplomas y tendré mis juntas de trabajo) y con la fijación de las cervezas que no le convidé, M se topó con una cantina ecológica llamada "El jarrito". Ahí se encontró con un amigo y su novia. Todo iba bien: recuerdos de las épocas mozas, abrazos fraternales y caguama tras caguama, hasta que H, su amigo, comenzó a pintar en la mesa; su novia, Y, se le unió y, finalmente, M. Hicieron un lindo dibujo comunal –que le encantaría a cualquier psicoanalista que no sea el doctor de esta historia– y pidieron la cuenta. Mas, en un impulso irracional (¿no son así los impulsos?), M dejó un mensaje debajo del dibujo: "No tengo novio, pero sí mucho dinero y tres seguros de vida. Si ves este mensaje y te llega al corazón, háblame. Mi número es 5..." (no puedo escribir el número completo, por razones que luego explicaré).


Unos días más tarde, sin recordar el pequeño detalle del escrito, M recibió un mensaje de texto que decía: "Mr menss. Kro conc Martin". Después de tres horas tratando de entenderlo y sin lograrlo, R acudió con un experto en lenguas muertas, agonizantes (o asesinadas por los jóvenes amantes del inglés y los videojuegos) para que la ayudara a descifrarlo.


Una semana después, el experto tenía la respuesta. El significado era el siguiente: Vi tu mensaje. Quiero conocerte. Martín. ("Mr" es miré: clara muestra de confundir mirar con ver).


M estaba perpleja y decepcionada (¡¿Qué teléfono tendría Martín para enviar mensajes de texto?! ¿No tenía WhatsApp?). Aun así, decidió responder. Le dijo a Martín que era muy amable, pero que había sido una broma, y que por favor tachara el mensaje para que nadie más la buscara. "Para que yo sea el único, ¿cierto?", preguntó Martín. "Sssssí, exactamente, ¡pero ve a borrarlo inmediatamente!", respondió R, amablemente. (Por ese motivo no puedo escribir el número completo de M, ya que Martín es el único).


En los días siguientes, Martín insistió en que debían verse; M le dijo que no podía, pues tenía visitas en casa: unos chilenos que acababa de conocer, que hasta perro llevaban.


–¡¿Chilenos?! ¡¿Perro?! –Inquirió sorprendido Martín.

–Así es.

–No hay duda. Tenemos que conocernos; eres tú a quien he estado buscando.

–Si, ya me sé ese cuento.

–En serio, no es lo que crees. Por favor, te lo ruego: veámonos el próximo viernes en "Mezcal y Son (ora)". Si no lo conoces, búscalo en GoogleMaps, tú que tienes un iPhone.




El viernes, a la hora acordada (+3), se conocieron. Por si acaso, M se compró ropa nueva, se perfumó y pasó al salón de belleza (de ahí las tres horas de retraso). Al verla, Martín quedó impactado.


– Sí, eres tú; qué día tan afortunado es éste.

– Martín, ya te dije que no creo en el matrimonio (y menos con un demente sin WhatsApp),

– Ya que no sé cómo explicártelo, mejor lee esto, así lo entenderás.



Lo que le dio Martín era un documento que parecía viejísimo, escrito en un español arcaico, pero que, gracias al traductor de Google, y algunos consejos del experto en lenguas muertas (como: jamás uses Google para traducir), pudieron pasarlo a español moderno. Se trataba de una profecía de 1524, que explicaba que el machismo mexicano se había originado por una lucha entre los hijos mayores de Hernán Cortez y la Malinche. Brian y Stephanie se llamaban los niños (para que vean que la moda de poner a los hijos nombres anglosajones no es tan nueva), y habían tenido una pelea a muerte para establecer si serían los hombres o las mujeres quienes mandarían, desde entonces, en la nueva Tenochtitlán. Como suponemos, Brian fue el vencedor.


–Muy interesante, Martín, pero ¿qué tiene que ver conmigo?

–Ten la siguiente hoja.


En ésta se mencionaba que la única persona capaz de restablecer la equidad de los sexos (que no de los géneros) sería una heroína del futuro, del siglo XXI, quien debería viajar a 1524, al momento de la batalla de los niños Cortez.


–Como dijo Miguel Ángel en la Capilla Sixtina: "¿Y yo qué pinto en todo esto?".

–Ten la tercera hoja.




La profecía establecía la forma de reconocer a la heroína:


Sentirá el efecto de una deformación del espacio tiempo, cuya sensación se parece a una violación vaginal; anal, mejor dicho; o, ¿bucal?...bueno, de algún tipo, pero eso sí, por parte de la vida (o, al menos eso le dirá a sus padres, amigos, autoridades y, sobre todo, al nuevo papá).

Recibirá la visita inesperada (y tremendamente larga) de unos habitantes de las lejanas tierras de los Andes, con todo y un xoloitzcuintle llamado Menta.

Por último, y lo más importante, podrán identificarla por el número 5...



–¡No puedo creerlo, Martín! Es el número de mi celular.

–Te dije que eras la indicada.

–Me voy. Necesito unos días para asimilarlo. Yo te llamo.


Diez días más tarde, M le dijo a Martín que estaba lista para hacer lo que debía, pero que ¡cómo jijos viajaría a 1524! Tenía un amigo con un avión particular, y muy veloz, pero no creía que eso funcionara. Martin le dijo que no era necesario gastar gasolina ni puntos de la línea aérea, que él se encargaría del viaje, que lo viera esa tarde en el lugar de siempre, el del café feo: 93... (tampoco puedo revelar el nombre completo).



Por la tarde, y puntual como siempre, llegó M. Martín bebía agua, y al verla, la invitó a la barra.



–¿Y ahora qué, Martín?

–No preguntes y haz lo siguiente: pide un espresso 93-1524. Bébelo de un solo trago, en el baño, y jala suavemente la palanca del excusado.

–¡¿Queeeeeeé?!

–Ya te dije: No preguntes y sigue las instrucciones.


M obedeció al pie de la letra, y después de jalarle al retrete siguió una explosión peor de las que le hubiese producido cualquier sope hecho con frijoles de lata. En unos instantes, ella y Martín se hallaban en lo que nosotros llamamos una pirámide.


– ¿En dónde estamos, Martín?

– Dentro de una pirámide. ¿No cursaste la primaria?

– No, bobo, me refiero. más específicamente.

– Pues, aquí reside la familia Cortez-Malitzin (Antes del surgimiento del machismo, la tendencia era usar juntos el apellido paterno y el materno).



A lo lejos, divisaron una figura que lucía cansada y atareada. M creyó que era una mujer, pues vestía un delantal; a punto estuvo de pegar el grito en el cielo y salir en defensa de la pobre mujer, pero Martín la detuvo, le pidió silencio y que observara bien. Se trataba de un hombre blanco y barbudo. Después de unos instantes, se oyó una voz chirriante:


–¡Hernán! ¿Aún no terminas la sala? ¿A qué hora estará listo el resto de la casa? ¡Hombre tenías que ser: lento e inútil!

–Ya me falta poco, mi señora Malinche.

–Ya te he dicho que le pares a esas confiancitas. Llámame Malitzin.

–Sí, mi amor.

–¿Ya está todo listo para el combate entre mi pequeña Stephanie y el tarado Brian?

–Sí, amor. Bueno, sólo me falta afilar las espadas.

–Asegúrate de afilar primero la de Stephy; si no te da tiempo para la del bruto de tu hijo, me dices, y se la encargo al maestro herrero.

-Sí, mi cielo.



M se sorprendió un poco; jamás había leído nada parecido; ni en los libros de historia oficial, ni en las Cartas de relación de Cortez, ni en la película de Michael Douglas. Martín la condujo a la recámara de los niños. Se instalaron en un rincón en donde nadie los viera, y observaron atentamente:


–¡Ríndete, Brian!...Que te rindas, te digo. Si no te rindes, voy a romperte el otro brazo...¡¿Tengo que quitarte la mordaza de la boca para que te rindas?!...Está bien.

–Mmmmme riiindooo.

–Lo sabía. Eres un cobarde, y voy a acabar contigo mañana.

–No hace falta pelear; les diremos a papá y a mamá que tú ganas, y que manden las mujeres en la gran Tenochtitlán.

–¡Eso jamás! Vamos a combatir y te acabaré; o mamá se decepcionará de mí.

–A papá le parece bien que no peleemos.

–¡Jamás!, ya te lo dije.


"¿A quién vine a salvar? Debe de haber un error en la profecía: Brian no pudo haber vencido a Stephanie", admitió M.


Martín le explicó que hubo un error a la hora del combate: el maestro herrero (que no afiló la espada de Brian, sino al contrario, la acható) confundió las espadas. Como Stephanie suponía que la espada de su hermano era inofensiva, a medio combate dejó que su hermano hiciera el primer movimiento, por lo que la espada de Brian la atravesó instantáneamente, y así selló el destino de la supremacía del sexo masculino.


–Tu trabajo es asegurarte de que no haya intercambio de espadas, para que Stephanie sea la vencedora y surja el feminismo.

–Pero, ¿cómo haré eso? Me verán si me acerco a las espadas.

–No. Al ser la elegida, tendrás unos segundos de invisibilidad en los que podrás hacer el cambio. Así que, ya sabes cuál es tu deber, ¿cierto?

–Mmmmmm...mmmmmmM

–¿Cierto?

–Sí, Martín. Lo haré.


Epílogo


Tres años más tarde, un jueves a las 6 PM, en mi consultorio, tengo la acostumbrada cita mensual con M. (Me vanaglorio de haber logrado un cambio enorme en su vida: ya no come quesadillas bañadas en aceite). Como de costumbre, después de mis dos cervezas y de su medio vaso de agua, comenzamos la charla:


– ¿Recuerda qué conmemoramos hoy?

– Claro, doctor: hace tres años llegué aquí con esa terrible molestia en...bueno, a estas alturas, ya sabe en dónde.

– Me alegro de haberte ayudado a superarla.

 – Según recuerdo, no me ayudó en nada.

– ¿No fue gracias a mí que llegaste a esa cantinucha, y a la larga, te curaste?

– Mmmmmm...mmmmmmM. Tiene razón. Gracias.

– Y, después de todo este tiempo, ¿crees haber hecho lo correcto?

– Aunque a veces lo dudo, creo que hice lo mejor.

– Bueno, terminemos la sesión. Voy a ver a R en el cafesucho, y después, ahora sí, a recibir mi recompensa.

– Perfecto. Yo voy a casa; los chilenos me esperan para cenar.


Si quieres dejar un comentario acerca de este disparate, adelante...



Comentarios
* No se publicará la dirección de correo electrónico en el sitio web.